viernes, 31 de diciembre de 2010

Capítulo 7. Primera parte


                Megan cerró la puerta de la casa de mis padres con una sonrisa pícara, aunque a mí no me hacía ni pizca de gracia el tener que ir a ese bosque con ella. El camino al bosque no fue muy largo, ya que salimos por la puerta trasera y no tuvimos que hacer tanto recorrido como si hubiéramos salido por la puerta principal teniendo que rodear toda la casa.
                A medida que nos íbamos acercando más al bosque el sonido de los cuervos se unificaba y se hacía más intenso. Ella sonreía cada vez  que yo realizaba una mueca de terror, pues seguro que le parecía gracioso que un chico de mi edad pudiera tenerle miedo a tal tipo de bosque.
                Cuando nos adentramos al interior del bosque todo estaba tranquilo, ese murmullo que se producía a su alrededor había desaparecido. Todo era completamente normal, como cualquier bosque ¿serían imaginaciones mías? Megan aferró su mano derecha fuertemente a mi mano izquierda produciéndome una sensación muy cálida, la miré y fruncí el ceño.
                -¿Lo sientes?-dijo Megan con una sonrisa.
                -¿Sentir? ¿El qué?
                Respondió con un beso intenso, ella había cerrado los ojos pero yo prefería mantenerlos abiertos por si acaso. La brisa acariciaba su cabello dorado haciendo que este momento pareciese muy irreal. Estaba comenzando a sentir algo fuerte por ella ¿amor? Ya no deseaba permanecer lejos de ella ¡y pensar que no hace ni cuatro días de ello! Por un momento sentí que había encontrado un hueco en aquella ciudad calurosa. Sonreí, de felicidad. Ella me devolvió la sonrisa.
                -Estás tan guapo cuando sonríes.
                -Entonces te la dedico-dije hipnotizado por el escote que tenía su camiseta ¿Cómo podía atraerme tanto?
                -Yo te dedico todo lo que haga falta-dijo apachurrándose a mí, me sentí un poco incómodo.
                Decidimos caminar un poco, dar un pequeño paseo más que nada. El bosque era muy grande y no queríamos perdernos entre sus ramas. Hubo un momento en el que ella soltó mi mano, yo ni siquiera noté que desapareció de mi vista. Cuando me percaté de ello me asusté ¿y sí ella era la próxima víctima de las continuas desapariciones en el bosque? Sabía que no había sido buena idea ir allí.
                Comencé a correr por todas partes buscando a Megan, la maldecía por lo bajo ¿tantas ganas tenía de observar cada una de las partes del bosque por su parte y ni siquiera permitir que yo cogiera su mano?
                El camino que estaba realizando era prácticamente inútil, ya que me daba la sensación de que me estaba adentrando más en el bosque que saliendo de él. Vi un camino de barro que conducía hasta una de las salidas del bosque. Al salir me encontré frente un lago y vi como el camino de barro continuaba hasta perderse en el horizonte. Yo lo continué ansioso por saber a dónde llevaba, olvidándome completamente de la razón por la que había llegado allí: Encontrar a Megan.
                Escuché unos murmullos a mi espalda, me asusté. Miré hacia atrás y no vi nada fuera de lo normal, pero aun así no me fiaba. Continué andando mirando hacia atrás, provocando una colisión con algo que no había podido ver al estar mirando hacia atrás. Caí al suelo, y entonces miré qué era lo que había provocado que me cayera. Sabía que en cuanto lo supiera lo maldeciría.
                Para mi sorpresa no había tropezado con un “algo”, sino con un alguien. Para precisar me había tropezado con una chica que ya estaba maldiciendo por mí, desgraciadamente no era Megan… además, era todo lo contrario a ella: morena, más blanca que la leche, ojos azules, ropa holgada y de colores apagados. En sus brazos y piernas desnudas descubría unos moratones de un color morado intenso, y tenía el labio reventado. Tenía los ojos llorosos, y varias lágrimas se marcaban en su mejilla.
                Se levantó enfurecida, me miró como si me estuviera perdonando la vida. Ella quería huir pero yo no pensaba dejarla ir hasta que no escuchara mi disculpa. La rodilla izquierda le sangraba.
                -Lo… lo siento…-dije mirando sus pies llenos de barro, no llevaba zapatos-No te había visto.
                No habló, me miró asustada y después salió corriendo. La seguí con la mirada y vi como continuaba su camino, se cayó. Me miró y se levantó difícilmente, continuó corriendo. Me pregunto cómo se habría hecho todos esos moratones. Ni siquiera me había dicho ni un “No importa” o algo grosero tipo “¡A ver por dónde miras!” que me habría sentado mejor que no la ignorancia que había recibido por parte de esa chica.
                Pero entonces recordé la razón por la que estaba allí. No sabía siquiera dónde estaba y no había encontrado a Megan. Me adentré otra vez en el bosque deseando no volver a casa con el pensamiento de que estaba desaparecida.
                Estuve buscando entre tantos árboles que hubo un momento en el que ya tuve ganas de volver a casa y esperar a que ella volviera solita. Noté como algo tocaba mi espalda, una gota de sudor frío acarició mi frente. Por una vez en este lugar me castañeaban los dientes, pero no era de frío sino de miedo. Me sentía como si fuese un idiota por asustarme de esa manera.
                Al girarme vi la cara de “El Joker”, no… bueno… era más bien una careta. Que fuese una careta no quiso decir que no me asustara, pues en condiciones como esas lo que menos se espera uno es verse a alguien con una careta de joker. La persona que estaba detrás de esa careta se rió y se la quitó. Era Megan.
                -¿Me echabas de menos?-dijo tirando la careta y acariciando mi oreja, por una parte estaba feliz de saber que estaba bien pero por otra parte estaba a punto de dejarla ahí tirada por el disgusto que me había hecho pasar.
                -¡Pues claro que sí! No sabía dónde estabas, por un momento pensaba que ya te había pasado algo como a toda esa gente que leí que había desaparecido.
                -Te pones tan mono al asustarte-puso morritos, colocó algunos de mis mechones más largos detrás de la oreja-. Tranquilo, lo que ponen en la tele no son nada más que exageraciones. Que fuera aquí el último lugar donde los vieron no quiere decir que fuera aquí donde desaparecieron.
                Apreté los labios con fuerza, me gustaba la manera en la que Megan se comportaba. Me agradaba saber que se tomaba las cosas tan a la ligera, pero en ocasiones como esta no parecía tan gracioso.
                -¿Qué tal si volvemos a casa? Este sitio me pone los pelos de punta.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Capítulo 6


-          ¡Genial!- escuché al otro lado de la línea-. Soy todo oídos- se oyó una risita nerviosa. No estaba seguro de si era buena idea contarle lo sucedido con Nikki, pero si tenía pensado intentar algo con Megan, debería contárselo.
-          ¿Quieres quedar mañana y te lo cuento con más calma?- pregunté no muy seguro de la decisión tomada.
-          ¡Está bien! Mañana te veo en tu casa. Paso a buscarte.
-          Vale. Pues mañana te veo. Adiós.
-          Adiós.
Nos despedimos y colgamos. Me puse el pijama y me metí en la cama. Algo dentro de mí, me indicaba que me asomara a la ventana. Unas ganas terribles por observar el bosque me invadía el interior. Intenté dormirme, pero las ansias aumentaban. De golpe, se abrió la ventana. Inmediatamente me levante, y, antes de cerrarla, me quedé mirando al horizonte. Un aire fresco recorría mi rostro y las calles de Miami. Las copas de los árboles se mecían al ritmo del viento. Escuchaba en la lejanía pequeños susurros. No entendía lo que decían, ni siquiera estaba seguro de que fueran susurros y si quisiesen decir algo. Me asomé lo más que podía por la ventana, pero seguía escuchando susurros que no entendía, a lo lejos. Me incliné un poco más, casi sacando mi cuerpo entero por la ventana. Con mis manos apoyadas en la parte baja de la ventana, se me resbaló una; haciendo que mi cuerpo cediera y que casi me cayera al vacío. Me incorporé como pude y cerré la ventana de golpe; asustado y respirando agitadamente. No volvería a asomarme tanto, por si acaso.
Volví a echarme, y sin enterarme, me quedé dormido.
Amaneció un día tan maravilloso que apenas me creía que el sol no estuviera ahí arriba. Un calor insoportable, diría yo. Me levanté temprano. Bajé las escaleras y me dirigí hacia la cocina. Esta vez sí había más cosas para desayunar. Recogí todo lo que veía a mi paso. En el frigorífico; leche y zumo. Al lado, en una cesta, cruasanes rellenos de chocolate y palmeras. Un poco más adelante, la bolsa del pan de molde. Cogí dos rebanadas y las coloqué en la tostadora, que estaba al final de la encimera. El resto de cosas lo dejé en la mesa que estaba detrás de mí y fui de nuevo al frigorífico a por la mermelada y la mantequilla. Anduve unos pasos hacia delante, y en un mueble, agarré un vaso y una taza para el zumo y cola-cao; respectivamente.
Desayuné tranquilo. Cuando terminé, coloqué los cubiertos, los vasos y los platos en el lavavajillas. Me dirigí hacia el salón, que se encontraba enfrente de la cocina. Encima de la mesa grande y redonda que se ubicaba a mi izquierda, detrás del sofá, había una nota. Era de mi madre.
Ryan, hemos ido tu padre y yo a preparar los papeles para comenzar a trabajar lo antes posible. No sabemos cuánto tardaremos. Nos vemos a la hora de comer. Cuida de tu hermana en lo que estemos fuera, por favor. Te Quiere, Mamá”.
Resoplé. Subí al piso de arriba para comprobar que Emily estuviera en su habitación. Abrí la puerta sigilosamente en cuanto llegué. Aun dormía, menos mal. Era como más guapa y más quieta que podría llegar a ser y estar.
Bajé de nuevo las escaleras y me dirigí al salón a ver un poco la televisión. Al poco rato, el timbre sonó. Dejé el mando en la mesita de café que estaba entre el sofá y la televisión y me fui a abrir.
-          ¡Hola!- saludó efusivamente-, ¿cómo estás?- siguió con un gran abrazo que casi me dejaba sin respiración. Me dio un beso en la mejilla demasiado sonoro para mí y entró a mi casa sin consentimiento. No soportaba que entraran como si fuese su casa sin ser invitado a pasar.
-          Hola- contesté secamente-, ¿Podrías saludar más bajito?- la avisé-. Mi hermana está dormida arriba. Y pasa, no te cortes- dije molesto al final.
-          ¡Ay, no seas aburrido!- respondió ella no tomándome en cuenta.
Se dirigió al salón y se sentó en el sofá. Acto seguido, dio unas palmaditas en el asiento de al lado para que me sentara. Hice caso sin rechistar.
-          ¿Qué haces aquí, Megan?
-          ¿No habíamos quedado hoy para hablar?
-          Sí, pero no pensaba que vinieras tan pronto. Creí que vendrías por la tarde- cuestioné extrañado.
-          Pensé, de verdad, venir esta tarde, pero… La curiosidad me mataba. Y como no dijimos hora, pues pensé en venir a esta hora.
-          ¿Y si hubiese estado dormido?
-          Te hubiese golpeado la ventana con piedrecitas, como en las películas- rió nerviosa. Sonreí por lo que acababa de decir y negué con la cabeza-. Nada más levantarme, me duché y me vestí. Después vine lo más rápido que pude hasta aquí. ¿Sigo oliendo bien?- preguntó mientras me ponía su cuello en mi nariz. Sin quererlo, aspiré su olor. Era delicioso. Su aroma mezclado entre frambuesa y colonia “nenuco” me embriagó. Aquel perfume, si se puede llamar así, no me gustaba nada; por mi hermana. Pero ella se habría aplicado poco, pues se notaba suave y refrescante; nada cargado.
-          Si, muy bien- respondí rápido mientras me la quitaba de encima-. No creo que te hubieses atrevido a golpear mi ventana- volví a sonreír por acordarme de nuevo.
-          Bueno, ¿me cuentas o he venido para nada?
-          ¿Tanta curiosidad tienes?
-          Mucha- dijo desesperada.
Le comenté todo lo sucedido con Nikki. Desde que decidí llamarla por teléfono hasta cuando la colgué. Megan abría los ojos y la boca desmesuradamente mediante la iba contando. Cuando terminé, me quedé en silencio para saber su opinión o lo que pensaba.
-          ¿Ves? ¡Te lo dije, y antes de tiempo!- dijo orgullosa y fastidiada al mismo tiempo.
-          Bueno, pues por eso pensé lo que me dijiste por la tarde.
-          ¿Y?- preguntó acercándose poco a poco. Yo me ponía nervioso con su sonrisa picarona. Tenía que reconocer que ella estaba bien de físico y con cualquier cosa me ponía en un aprieto grande.
-          Que sí.
-          ¿Qué sí qué?- ¿me estaba tomando el pelo? Me lo preguntó un poco seria, y aunque me costaba decir mis pensamientos; esta vez haría un esfuerzo.
-          ¡Que sí estaré contigo!
-          ¿Entonces somos novios?- Cuestionó demasiado efusiva y alegre.
-          Sí, ¿no?- respondí no muy convencido.
-          ¡Ay!- chilló. Me abrazó por el cuello con sus brazos y me besó efusivamente en los labios. Tierna, rápida y fogosa. El beso profundo y en su punto. Besaba de maravilla.
Dejé de pensar por un segundo y me dejé llevar. En un momento, Megan se subió encima de mí, a horcajadas. Sus rodillas estaban alrededor de mis caderas y me besaba con urgencia. Yo le acariciaba su espalda por debajo de la camiseta y ella movía las caderas hacia delante y hacia atrás. De nuevo me estaba haciendo perder la cordura. La comencé a masajear el pecho y ella gemía en mi boca sin parar de restregar su intimidad con mi entrepierna ya demasiado abultada.
-          ¿Pero…, otra vez?- Se escuchó un grito proveniente de la entrada del salón. De nuevo, mi hermana-. ¡Qué asco!- añadió. Al instante, se escuchó los pasos que indicaba que mi hermana subió al piso de arriba.
-          ¡Joder!- repliqué.
-          ¿Qué pasa?- preguntó Megan mientras se quitaba de encima y se sentaba a mi lado izquierdo.
-          Mi hermana, que nos ha pillado de nuevo.
-          ¿Y qué tiene de malo?
-          Pues que no quiero que se lo diga a mis padres.
-          Estamos juntos, ¿qué más da que se enteren?
-          No los conoces. Tú no lo entiendes. Ahora vengo.
Subí las escaleras de dos en dos y me dirigí a la habitación de mi hermana. Ella estaba en el suelo jugando a las muñecas.
-          ¿Podemos hablar?- pregunté temeroso y un poco avergonzado por la repetida situación.
-          Dime.
-          Ya sabes que no tienes que decir ninguna palabra, ¿verdad?
-          Pues no lo tengo muy claro.
-          ¿Cómo qué no? ¿Y los cincuenta dólares que te di el otro día? ¿no cuentan?
-          Si me das veinte me vendrá algo a la mente.
-          ¡Mocosa asquerosa!- susurré. Sentía rabia por tener que ceder a los chantajes de mi hermana para que mantuviera el pico cerrado. Me dirigí a mi habitación y cogí de la hucha veinte dólares. Veinte dólares menos para mi juego. Volví a la habitación y se los tendí de mala gana-. ¡Aquí los tienes! Mantén la boca bien cerradita si no quieres que te la pegue con pegamento extra fuerte, ¿entendido?
-          Está bien- dijo con normalidad.
Bajé de nuevo al salón y Megan estaba haciendo zapping en la televisión. Me senté a su lado y ella me tendió la mano alrededor de mi cuello. Nos miramos y nos sonreímos.
-          ¿Solucionado?
-          Más o menos.
Volvimos a sonreírnos. A los pocos minutos, sin saber qué ver en la televisión, Megan me propuso algo demasiado alentador.
-          ¿Por qué no vamos al bosque?
-          ¿Ahora?
-          Si, aún hay tiempo hasta la hora de comer.
-          No puedo, tengo que cuidar de mi hermana.
-          Vamos, será un momento.
Me cogió de la mano y me arrastró hasta la puerta de casa.

lunes, 13 de diciembre de 2010

Capítulo 5

   -¡Hasta luego!-dijo mi madre despidiéndose de la familia McCauley con euforia. La comida había ido tal y como ella esperaba.
   No obstante la cosa no había ido tan bien para mí. Primero, he tenido que acatar todos los deseos de la Señorita Megan McCauley y después ¡cómo no! No podía faltar mi hermana pillándonos con las manos en la masa. Desde que había bajado de mi habitación Emily me miraba fijamente y cuando le devolvía la miraba, desviaba la suya hasta otro lado… tenía que hablar con ella sí o sí.
   Cuando mis padres estaban demasiado ocupados, mi madre criticando a sus invitados y mi padre dándole la razón, como para no darse cuenta de que hacíamos Emily y yo, cogí a mi hermana por el brazo derecho y la llevé a la “escena del delito”. Mi hermana se sentó en la cama, y yo me senté a su lado. No me podía creer que en estos momentos estuviera comiendo en la palma de su mano.
   -¿Qué quieres?-dijo mi hermana.
   -Que…-me rasqué la cabeza-yo… estoy dispuesto a negociar.
   -¿Negociar qué?-dijo mi hermana extrañada. Por mi mirada adivinó a qué me refería. Alzó las cejas-¡Ah! Tú me hablas de Megan y tú haciendo manitas ¡Venga! Ya puedes ir soltando la pasta-dijo entre risas.
   -¿Qué pasta? ¡Ah, no!-dije cuando descubrí sus intenciones-No voy a darte dinero.
   -¿Cómo que no? ¡Entonces sería como un negocio sin negocio! Porque no hay negocio en el que el dinero no aparezca. Así que si quieres mantener ese secreto tan importante para ti, será mejor que vayas dándome dinero.
   -Me parece que tú has visto demasiadas películas pero bueno…-saqué veinte dólares-aquí está tu dinero.
   Mi hermana se comportó como suele ver en las películas, contando el dinero para ver si le había dado la cifra indicada. Aunque no sé qué había que contar, si sólo había dos billetes.
   -No será suficiente-dijo haciendo un gesto negativo-. Me tendrás que dar cincuenta pavos.
   -¿Como que cincuenta?-dije exhausto-¡Niña! Me vas a dejar seco.
   -Ése es mi precio. O lo tomas, o lo dejas-dijo con una sonrisa de lo más “dulce”.
   Me levanté y miré en mi hucha, tenía sesenta y dos dólares, y se supone que quería guardarlos para aquel videojuego que había salido a la venta el mes pasado y todo el mundo deseaba comprarlo… pero prefería salvar mi culo.
   -¡Aquí tienes! ¡Cincuenta!-dije dándole treinta dólares de mala gana. Mi hermana me miró con cara de “¿Seguro que está todo?” pero con una sonrisa añadida.
   -¡Gracias!-dijo mientras sus dedos jugueteaban con el dinero-Aunque no sé porque tanto miedo a que papá y mamá se enteren, el otro día los pillé haciendo lo mismo.
   ¡Y se quedaba tan tranquila al decirlo! Bueno, ella no sabía qué hacíamos ni el riesgo que corría mi cuello si se enteraran mis padres… así que mejor que siguiera pensando de esa manera.
   Lo que me gustaba de Emily, me parece que lo único, es que cuando la sobornas para que no diga algo no lo dice.
***
   ¡Ya era Navidad! Emily me despertó antes de lo normal para ir a abrir los regalos, sabía que quería quedarme a dormir hasta más tarde, por eso me despertó el primero. Mi padre estaba con la cámara grabando cómo abríamos nuestros regalos, y no sé qué ilusión daba grabar a un adolescente y a una niña abriendo sus regalos de Navidad. Mi hermana se dedicaba a ser la protagonista de tal grabación.
   Para colmo, mis padres me dijeron que nos íbamos a comer a casa de los McCauley, y tendría que soportar las miradas indignas de Emily y las miraditas que me echa Megan.
   Al llegar a su casa, mis padres se dirigieron a la cocina (donde estaban los padres de Megan). Ambos nos quedamos parados en la entrada, como si estuviéramos esperando que bajara alguien por las escaleras (esto era porque nada más entrar estaban las escaleras, a la izquierda el salón, en este mismo lado al fondo estaba la cocina, a la derecha estaba otro salón, y arriba estaban las habitaciones y supongo que el baño). El caso es que mi hermana se cansó de estar todo el rato en el mismo sitio y comenzó a moverse desesperada mientras daba saltitos.
   -¡Párate!-le dije dándole en el brazo.
   -¿Por qué?-dijo sin hacerme caso-Llevamos aquí un buen rato ¿no podemos irnos a otro lado?
   -¡No!-esta vez tuve más suerte y la cogí del brazo y conseguí que se parara-Verás, si no me haces caso vendrá el hombre del saco.
   -¡Eso no es verdad! El hombre del saco no existe-dijo con un tono superior-. Me lo dijo papá.
   -¿Que no?-dije fingiendo estar sorprendido por no creerme-Pues lo conozco, y te lo puedo demostrar ¿Quieres ver cómo le llamo y viene esta noche?
   -¡No, no!-dijo pegándose a mí-¡No quiero!
   -Pues entonces quédate quieta.
   En ese momento bajó Megan, con un atuendo muy rosado. Cuando nuestras miradas se cruzaron, ella sonrió. Yo intenté devolverle la sonrisa, pero no podía.
   -¿Qué hacéis aquí?-dijo con una sonrisa-¿Por qué no os habéis quitado ni siquiera la chaqueta? ¡Pasad!-dijo mientras nos indicaba que subiéramos por las escaleras.
   -Yo quería subir arriba pero Ryan…
   No pudo continuar con sus palabras, porque le di un pellizco muy fuerte y tuvo que cambiar lo que iba a decir por un “¡Ay!”. Megan optó por reírse.
   Megan nos condujo a su habitación, que estaba repleta de posters y fotos con amigas suyas (igual de pijas que ella, por cierto). Era más pequeña que mi habitación, pero dado que su ropa no estaba tirada por el suelo daba la sensación de mayor espacio. En cuanto entramos Megan y yo; y mi hermana quería entrar también, Megan le taponó la entrada para que no pasara. Emily quería pasar, pero por más que lo intentaba no podía.
   -Mira Emily ¿Qué te parece si te pongo un juego en el ordenador que seguro que te gustará?
   -¡Vale!-dijo Emily con una sonrisa. Se la llevó al despacho, que era donde se encontraba en el ordenador, mientras yo me dedicaba a acomodarme en aquel infierno de color rosa.
   Cuando escuché unos pasos que se dirigían hacia aquí supe que el demonio del infierno rosa ya había vuelto. No era simpatía por Emily, sino que quería quitársela de encima. Cerró la puerta y se sentó conmigo en la cama.
   -Bueno… ¡ya estamos solos!-dijo con una sonrisa. Yo no me alegraba tanto.
   -Oye, Megan… mira no sé qué pretendes. El otro día nos pilló mi hermana de pleno, y suerte que era mi hermana… porque si llega a nuestros padres…
   -¿Crees que son tontos? ¿Qué crees que hacían a nuestra edad? ¿Jugar al escondite?-puso su mano en mi pierna derecha y fue ascendiendo hasta mi ingle. Pero yo, reaccioné a tiempo y cogí su mano y la puse con rabia en el edredón.
   Megan pareció ofenderse y se levantó, con rapidez cruzó sus brazos. Pobre niña mimada.
   -No sé de qué vas, en serio. Te gustaba hace unos años, y ¿ahora no?
   -Lo que pasa es que si a lo mejor me dieses un poco de tiempo…
   -¿Tiempo? ¿Para qué?-dijo de manera cortante-Déjame adivinar, tenías novia ¿no? Te vaticino que ella no volverá contigo, porque para cuando vuelvas ella ya tendrá novio y posiblemente un bombo de siete meses-eso me dolió, sabía que era verdad… pero no quería imaginarlo-¡Vamos! Date el gusto de saber de que cuando pase tú ya tendrás a alguien mejor… y ese alguien soy yo.
   Una parte de mí estaba feliz, pero otra estaba completamente avergonzado al pensar tal situación como esa.
   -Lo siento pero… no puedo hacer algo así a Nikki-me levanté de la cama y me fui a buscar a mi hermana.
   Estuve molesto durante toda la comida, mi madre no hacía más que preguntarme que qué me pasaba. Emily le estaba contando a mi madre que tenía que haber sido tonta como para no pedirle a Santa Claus ese juego de ordenador tan chulo, y que ya de paso si se lo podrían comprar. Mi madre hizo una mueca y maldeció por lo bajo, pero fue lo suficientemente alto como para que la pudiera escuchar.
   Por la noche me encerré en mi habitación, el día había sido movidito y no tenía ganas de hablar con nadie. Pero sí que necesitaba hablar con alguien: Nikki. No hablaba con ella desde que nos fuimos, y aunque solamente había pasado una semana desde mi partida la echaba mucho de menos; así que cogí mi móvil y la llamé.
   -¿Diga?-escuché una voz dulce que me cautivaba cada vez que la oía.
   -¡Nikki!-estaba nervioso y no sé por qué, no hacía tanto tiempo que no hablábamos.
   -Ryan… eres tú…-por su voz no parecía estar muy contenta de escucharme.
   -Sí ¿pasa algo?
   -No, lo que pasa es que yo… no esperaba tu llamada
   No tuve valor para hablar, ella no hablaba y las palabras no salían de mi boca. Algo me decía que había hecho mal llamándola.
   -Ryan…-continuó ella-yo quería hablar contigo sobre ya sabes… tú y yo.
   Cuando escuché esas palabras sabía que algo no marchaba bien ¡y pensar que hace sólo siete días las cosas estaban demasiado tranquilas en Dakota del  Norte!
   -¿Qué pasa?-dije yo asustado.
   -Yo… no sé cómo ha pasado. Es que… me sentía tan sola, ya sabes el rollo que ocurre con mis padres… la separación, tú por otra parte… que… yo… Chad…
   -¿Qué pasa con Chad?-me temílo peor.
   -Lo siento Ryan, pero estoy saliendo con Chad… Espero que…
   -¿Qué? ¿Con Chad? Pero, no entiendo… tú y yo… dijiste que funcionaría…
   -Lo sé, lo dije… pero me doy cuenta de que las relaciones a distancia no funcionan, y por mucho que te quiera siento decirte que lo mejor es que cada uno continúe por su camino…
   -¿Cómo que lo mejor?-respondí enfadado-Se supone que nos queremos, y por muy lejos que estemos esa llama de pasión no se tiene por qué apagar.
   -Ryan, no te pongas así… por favor. Me está costando mucho decírtelo.
   -¿Sí? Pues no lo parece. Quieres hacerme creer que estás desolada por lo que has hecho… ¡pero no! En realidad estás contenta porque alguien ha podido hacer el papel que yo he hecho contigo durante todo este tiempo… Calmar tu dolor.
   -Ryan, no es eso… yo te quiero más que a nada…
   -Si me quisieras más que a nada no te habrías ido con el primero que has pillado Nikki, y menos con mi mejor amigo.
   -¡No lo hicimos aposta! Nos enamoramos casi sin darnos cuenta, Ryan. Esperaba que te comportaras como un chico maduro, pero veo que sigues siendo un niño. Chad es más maduro que tú, y eso que es casi medio año más pequeño que tú.
   -¡No hables de madurez! Tú eres la primera inmadura, niñata ¿De qué vas? Si hasta mi hermana es más madura que tú, con solo ocho años.
   -Ryan… eres de lo peor-dijo disgustada. Sabía que me estaba pasando, pero la cólera que irradiaba por mi cuerpo hacía que sacara lo peor de mí.
   -Tienes razón. Soy de lo peor… y como soy de lo peor voy a decirte una cosa. Encantado de haberte conocido Nicole Marie Williams.
   Corté la llamada. No la volvería a llamar, estaba completamente seguro. Estaba furioso, me daba rabia saber que Megan tenía razón. Encima me había dejado por aquel que creía mi mejor amigo allí. No, no iba a permitir que se rieran de mí ni una vez más… porque yo era fuerte. Y ahora que estaba en Miami borraría mi antigua vida, comenzaría con ganas una nueva y sería por todo lo alto. La única manera con la que podía conseguirlo era con Megan, así que la llamé. Me cogió el teléfono casi de inmediato, sabía que era yo.
   -Megan, soy Ryan-dije con una sonrisa fría en mi cara-. Me estaba replanteando lo que me has dicho esta mañana.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Capítulo 4


-          Hola- saludé con desgana. Yo no me alegraba para nada en verla.
Me acordé que hace diez años me traía loco. Me encantaba todo de ella. Su sonrisa, sus ojos azules, su pelo largo hasta los hombros… todo. Ella no quería salir conmigo, pero me dijo que le gustaba. Teníamos seis años y yo ya me fijaba en las niñas.
Megan me dio dos besos y me sonrió, haciendo que despertara del recuerdo en mi cabeza. Le devolví la sonrisa falsamente.
-          Bonito atuendo, Ryan.
-          Gracias- contesté mirándome las ropas, no muy seguro de su verdadera intención con el cumplido- , lo mismo te digo.
-          Gracias. Esta camiseta me la cogió mi madre en Zara y el pantalón en Terranova- me sonrió presumida. La verdad, no me importaba lo más mínimo donde se había comprado la ropa.
Fuimos al salón, pues ya era hora de la comida. Mis padres presidian la gran mesa alargada. Yo estaba colocado a uno de los lados. Enfrente de mí estaba Megan, pues quiso sentarse ahí. Y mi hermana Emily a mi lado derecho. Tenía la sensación de que la comida iba a ser muy movidita.
El primer plato, pasó sin problemas. Mis padres y los de Megan conversaban de cosas triviales que no me interesaban. Al tenerla enfrente, tenía que mirarla. Ella quiso colocarse ahí y aun ignoro el porqué. Cuando trajeron el segundo plato, mi hermana me estaba dando patadas en el tobillo. Le echaba una mirada asesina, pero ella solo me sonreía y me daba aún más fuerte. Me reprimía los gritos por no llamar la atención en la comida y, porque mis padres no me creerían. En cambio Megan, según mi parecer, me hacía miraditas. Yo, por supuesto, me hacía el sueco. Me sonreía cada vez que la miraba de refilón, y cuando le devolvía la sonrisa cortésmente, pestañeaba demasiadas veces con una sonrisa estúpida en la cara. Giraba la cabeza hacía mi hermana, pues no paraba de darme y así evitaba miradas furtivas con la niña pija. No sé qué era peor, si las miradas indirectas de Megan, o las patadas en la espinilla de mi hermana. Decidí darme prisa con el segundo plato y juntar los pies por los tobillos para que Emily dejase de darme. Solo conseguí terminar antes la comida, porque la pequeña dichosa, se estiraba para poder alcanzarme. ¡No, si tonta no es!, pensé.
Gracias a dios, en cuanto vino el postre, me lo comí en dos bocados y me levanté de la mesa.
-          Hijo, ¿te levantas sin pedir permiso?- cuestionó mi padre con un tono tranquilo. No entiendo cómo pueden comportarse tan finamente. Nunca pedimos permiso para levantarnos de la mesa.
-          ¿Puedo marcharme ya?- contesté ansioso. Mi padre mira a mi madre y ella asintió.
-          Está bien. Puedes marcharte.
-          Enseña a Megan el resto de la casa en lo que nosotros terminamos- intervino ahora mi madre.
Bufé.
Megan se levantó de la mesa demasiado alegre, como si le hubiesen regalado la tienda entera de Zara. Lo que me faltaba, tener que aguantarla hasta que mis padres quieran terminar la velada.
-          ¡Sígueme!- inquirí molesto.
-          ¡Claro!- contestó con demasiada euforia.
Le enseñé la cocina. Ella se quedó con la boca abierta y mirando a todos los lados. Me preguntaba, de vez en cuando, si podía tocar algo. Yo pasando del tema, le dije que sí.
Apoyado en la encimera, cerca de la puerta, Megan se acercó con una sonrisa pícara y posó su mano encima de la mía. Inconscientemente, la retiré y salí hasta el siguiente dormitorio. Ella me seguía con la misma sonrisa traviesa. Estuvimos unos quince minutos dando vueltas por la casa y, cuando tenía ocasión, Megan se acercaba demasiado a mí. Me apartaba cada vez que la veía acercarse.
Por último, decidí enseñarle mi habitación. Se quedó impresionada, como si nunca hubiese visto una. Estuvimos mirando videos que tenía en mi portátil, hasta que ella se levantó. Se dirigió hacia la ventana y la abrió de par en par. Respiró profundamente y se quedó embelesada mirando al horizonte.
-          ¿Has entrado en ese bosque?- preguntó curiosa.
-          Nunca, ¿tú sí?- respondí con la misma curiosidad a su pregunta.
-          Mis padres me tienen prohibido pisarlo, pero tiene algo que me llama la atención.
-          Los míos no me han dicho nada, aunque acabamos de llegar hace unos días- dije mientras me acercaba al lado libre de la ventana.
-          Corren rumores de que es peligroso, pero yo no lo creo así. Es un bosque muy bonito, ¿no te parece?
-          Si, lo es. A mí también me llama la atención, pero no sé exactamente el qué.
-          Podríamos ir un día a investigar, ¿te parece?- habló pícaramente.
-          Ya es suficiente, deberíamos cerrar la ventana, pues aquí corre mucho el viento.
-          Está bien.
Megan se apartó con una sonrisa en la cara mientras yo cerraba la ventana. Espero que no se vuelva a abrir. Siempre hacía corriente en la parte de mi habitación, pues me fijé que solo mi ventana se abría con el viento que tan fuerte soplaba.
Me di la vuelta y ella estaba enfrente de mi cama, mirando una estantería donde tenía libros y enciclopedias.
-          ¿Usas mucho estos libros?- me preguntó.
-          No mucho, la verdad- contesté dirigiéndome hasta donde ella se encontraba- . Tendríamos que bajar para ver si han terminado ya- añadí un poco nervioso.
-          Me gustaría estar un rato más aquí, si no te importa- contestó son una sonrisa maliciosa en los labios mediante se acercaba sigilosamente a mí. Yo me iba echando hacia atrás hasta que topé con la cama- . ¿Tú no quieres quedarte?
-          Bu… Bueno- tartamudeé- , solo unos minutos más.
-          ¡Suficiente!
-          ¿Para qué?
No me dio tiempo a reaccionar cuando me tumbó sobre la cama, haciendo que ella estuviese encima de mí y las manos las tuviese a los lados de mi cara.
-          Para estar más tiempo juntos, ¿no te apetece?- cuestionó sutilmente.
-          La verdad, no me apetece estar en esta situación.
Intenté salir, pero ella apretó sus piernas contra mis caderas. El contacto de su entrepierna con la mía, me hizo soltar un suspiro.
-          Pues tu amigo no dice lo mismo- rió mientras subía la cintura hacía arriba para mirar que mi miembro estaba erecto.
-          Da igual.
-          Yo creo que no- volvió a reírse.
Al instante, me besó; succionando el labio inferior de mi boca. Introdujo su lengua y la enlazó con la mía. Mi mente no pensaba con claridad. Intentaba zafarme de su agarre, pero era imposible.
-          Mama dice… - se escuchó desde la puerta a Emily.
Megan se apartó, pero ya era demasiado tarde. Mi hermana dichosa ya había visto suficiente.
-          Estabais juntos y… ¿haciendo qué? Puag, ¡qué asco!- volvió a hablar.
Me dirigí hacia el baño. Estando dentro, noté que Megan y Emily bajaban por las escaleras. Yo tengo que quedarme en el baño hasta disimular el bulto entre las piernas.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Capítulo 3


A la mañana siguiente decidí quedarme un poco más en la cama, no tenía ganas de levantarme. Y aunque el tiempo era estupendo allí fuera y mi hermana había aprovechado para jugar en el jardín, a mí me parecía que el tiempo era aterrador. Contaba los días que faltaban para que cumpliera la mayoría de edad y todos ellos se me estaban haciendo eternos. Pasaría mucho tiempo hasta que llegara aquel día, si es que llegaba.
   Notaba que una fría brisa rodeaba mi costado derecho, la ventana… otra vez. Seguro que había estado abierta toda la noche. La cerré con rabia y decidí irme a desayunar.
   En la cocina solo estaba mi padre preparándose el desayuno mientras veía el informativo de la mañana, mi madre y Emily no estaban. Mejor, así estaría mucho más tranquilo.
   -¿Qué tal la noche, campeón?-dijo mi padre con una de sus mejores sonrisas. Me quedé callado y le miré fijamente, sabía que no iba a decir un “bien” porque no era la verdad.
   -Mal-dije mientras tomaba un bol de cereales, hoy me había levantado con el estómago cerrado-, no me gusta este sitio. Hace demasiado calor-esto último era una simple excusa.
   -Ryan, ya hemos hablado de esto-dijo mientras se sentaba en una de las sillas-. No vamos a volver a Dakota del Norte.
   -¿Por qué?-dije enfadado-¿No podrías cambiarte de trabajo?
   -No. Mira Ryan… te tomaba por alguien más maduro, pero veo que te comportas como un niño pequeño.
   -Lo que tú digas…-dije mientras intentaba no estallar. En ese momento mi mirada se desvió hacia el señor de las noticias.
   -Un hombre de unos cincuenta años ha desaparecido esta madrugada. La última vez que alguien lo vio fue antes de cruzar el mismo bosque en el que han desaparecido ya seis personas más-apareció la foto del desaparecido-. Si viesen a este hombre no dudéis en llamar al 911…
    Desvié la mirada de la televisión y me centré en mis cosas, me di cuenta que no tenía más hambre y ni siquiera me había tomado la mitad del bol. Una vez dejé el desayuno me dirigí al salón. Mi hermana se había empeñado ayer en que había que poner ya el árbol de Navidad ¡lo que hacían mis padres por tenerla contenta! Me quedé embobado mirando nuestro cutre árbol de Navidad.
   Subí a mi cuarto y entonces miré por la ventana que tantas veces se había abierto en el poco tiempo que llevaba aquí. Los pelos se me pusieron de punta al observar el bosque que se descubría al horizonte ¿Sería ese bosque en el que habían desaparecido siete personas en la misma situación? Acerqué un poco más la cara hipnotizado por esa vista, pero la ventana inoportuna se abrió y me dio en la nariz.
   -¡Mierda!-dije mientras notaba como comenzaba a sangrar mi nariz.
   Noté como dos manos cálidas me tapaban los ojos y poco a poco hacían presión sobre mí tirándome hacia atrás.
   -¿Quién soy?-dijo una voz de pito que me resultaba muy familiar.
   -Déjame que piense… ¿Emily? ¡No, espera! ¡Qué tonto soy! ¿No serás un yeti?-dije irónicamente.
   Se despegó de mí y me miró con cara de “Esto no va a quedar así”. Habían ido a comprar al supermercado y ella traía su Barbie que tenía desde los cuatro años, a la que llamaba Emma.
   -¿Qué hacemos Emma?-dijo delante de mí mientras hablaba con su muñeca de plástico y fingía que ésta le decía algo al oído-Sí… lo entiendo…como tú digas-me miró fijamente con una sonrisa malévola-¡Al ataque!
   Se abalanzó sobre mí tirándome al suelo cubierto por una alfombra roja, empezó a estirarme los mofletes y a decirme cosas absurdas.
   -¿Quién es el más feo? ¿Quién es el más feo? ¡Tú! ¡Eres tú!-dijo en un tono “cariñoso” mientras susurraba una melodía.
   -¡Emily! O te paras o te paro-dije intentando separar sus manos de mis mofletes.
   Pero era imposible deshacerme de su eterna tortura, parecía una sanguijuela. Cuanto más intentaba despegarme de ella más se pegaba ella a mí. Escuché unos pasos que se dirigían a mi habitación. Por el ruido que provocaban esos zapatos sabía que era mamá.
   -¿Otra vez?-dijo mi madre enfurecida-¿Cuántas veces os tengo que decir que no os peleéis?
   Emily me soltó y me dejó descansar en el suelo, se levantó despacio y con cara de arrepentimiento.
   -Es que Ryan no me deja en paz-dijo con pena-. Le gasto una broma y me llama yeti-fue corriendo a abrazar a mi madre, mientras yo asumía mi derrota tumbado en el suelo.
   -¡No te preocupes Emily!-dijo mientras la cogía en brazos-Y tú ¿Qué? Ryan, no sé qué te pasa con tu hermana pero creo que ya te estás pasando tres pueblos.
   -¡Pero si ha comenzado ella!-dije mientras me incorporaba furioso-¡Es ella la que no me deja en paz!
   -Ryan, no sé de qué vas. Pero desde luego que te estás pasando. Vamos Emily, que mamá te va a hacer chocolate con nubes.
   -¡Bien!-dijo mi hermana sonriendo y abrazando a mi madre una vez más-¡Eres la mejor!
   -En cuanto a ti Ryan-dijo dirigiéndome otra vez la mirada-.Será mejor que te arregles, hoy vienen unos amigos a comer ¡Ah! Y límpiate eso rojo que tienes en el labio ¿Estás sangrando por la nariz?-le miré con rabia ¡Pues claro que estaba sangrando por la nariz!
   Se alejó lentamente con Emily en brazos y pude ver como me hacía muecas abriendo la boca y sacando la lengua.
   Me miré en el espejo de mi habitación, lo único que había conseguido mi hermana había sido que mis dos mejillas se pusieran rojas de tanto pellizcar.
   Cogí lo primero que vi en el armario, mi madre era de las que se vestía de gala si alguien venía a visitarnos… y eso me daba mucha rabia. Me puse una camiseta y pantalones holgados. Despeiné mi cabello moreno lo máximo que pude, estaba harto de las órdenes de mi madre.
   Cuando bajé al salón, como yo decía, todos parecían ir vestidos de gala. Lo que tenía que soportar mi padre… y lo que tendría que soportar yo durante un tiempo más.
   Al verme, mi madre se quedó indignada… ¡Eso no era propio de mí! Bueno, al menos eso era lo que ella creía.
   -¡Por Dios! Ryan ¿Por qué te has puesto esto?-dijo mientras tocaba mi camiseta y comprobaba que la camiseta no tuviera ningún agujero-¡Anda! ¡Cámbiate!
   En ese momento sonó el timbre, mi rostro esbozó una sonrisa. Mi madre me miró con rabia y se dirigió hacia la puerta. Todos nosotros estábamos enfrente de la puerta, no sabía a quién habíamos invitado.
   Entraron una pareja cuarentona, que por lo que vi… estaban casados. Me resultaban extremadamente familiares, pero no sabía encajarlos exactamente. Pero entonces, cuando entró ella lo recordé todo. Rubia, pelo ondulado, pija e ¿irresistiblemente atractiva? Megan, la hija de la amiga de mi madre. Al parecer ellos también se mudaron a Miami al poco tiempo de que nosotros nos separáramos hace diez años.
   Yo me había quedado boquiabierto, había cambiado mucho desde la última vez que la vi. Ahora estaba irreconocible, se parecía al tipo de modelos que desfilan en la pasarela para lucir los modelos de Victoria’s Secret.
   -Hola Ryan-dijo con una sonrisa-, no sabes la alegría que me da volverte a ver.